sábado, 5 de noviembre de 2016

Relato 20º Un día de estos

El día que te vea prometo sonreírte lo más natural posible aunque sólo pueda imaginarme sentada en tus rodillas moviendo mi culo muy despacio hasta notar el bulto en mis nalgas.


El día que te vea intentaré atender a la conversación sin pensar en lo mucho que me gustaría que mientras hablas estuvieras encima de mi entretenido jugando con mis tetas.


El día que te vea contestaré pausadamente a tus preguntas como si a la vez que salen las palabras de mi boca no deseara enterrarte entre mis muslos hasta mojarte la cara.


El día que te vea comeré como si no me hubiera quitado el hambre tu presencia, como si tenerte tan cerca no hiciera que mi coño se humedeciera por su cuenta mientras se me cierra la boca del estómago.


El día que te vea te haré creer que te escucho aunque el único sonido que me llegue al oído sea el de tus dedos entrando y saliendo de mi boca como un delicioso aperitivo de tu polla.


El día que te vea me reiré más de lo normal de alguna anécdota que me cuentes para disimular que quiero sentir tus manos grandes por todo el cuerpo hasta que se me pase la calentura... y que si me besaras toda la puta noche estoy segura que no sería suficiente.


El día que te vea compartiré contigo cosas de mi vida y en ese momento puede ser que sólo piense en cómo te corres dentro de mi volviéndome caramelo. Quizás tenga que cruzar las piernas para que no se note. 


El día que te vea comentaré algún detalle de la decoración y de inmediato comenzaré a fantasear con que hay gente alrededor y nadie se da cuenta de que tu mano se pierde por mi falda mientras me comes la boca. Y yo abro las piernas muy cachonda. Y tú me miras y bebes de tu copa despacio, te vuelves a acercar y continúas con la tarea de revolverme la respiración.


El día que te vea te miraré con el mayor interés mientras charlamos y de hecho yo misma hablaré muy tranquila. No te darás ni cuenta que cada vez que cojo el vaso es como si tuviera tu verga en mi mano. Es por eso que sonrío.


El día que te vea y además follemos, te confieso desde ahora que yo ya te habré follado varias veces y en todas morías del gusto.

El día que te folle, leeré esto, nos reiremos mucho y volveremos a follar más cachondos aún. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Relato 19º Octubre 2016

Me faltó besarte y de inmediato lo eché en falta. Sentí tantas ganas de besarte que me besé la mano por no poder comerte la boca, la chupé, me la comí y la volví a besar apenas sin aliento hasta que me dormí mientras te esperaba.

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Un rato antes le contaba a la señora del restaurante que estaba buscando casa por la zona para un negocio. Hablaba sin parar sintiendo un hambre imposible pero cuando abrí la boca acercándome el vaso de agua y me sobresaltó tu mano apoyada en mi pierna, el hambre desapareció como por arte de magia. Paré el discurso de mis planes de futuro y te miré buscando una señal de no sé muy bien qué, pero la señora estaba tan pendiente de mi conversación que no pude interrumpir la charla sin que sonara raro. Y sin nada que te lo impidiera seguiste acariciando impunemente mi muslo al amparo del mantel de flores que cubría la mesa y colgaba como un telón cerrado. La función esta vez ocurría detrás. Al fin te tenía donde quería, nerviosa, aún alcancé a sonreír. 


Tragué el buche de agua y mojé mi ropa interior instantáneamente. No sabes qué morbo mirarte y ver lo serio que estabas mientras me tocabas. Nunca me habías puesto la mano encima, nos habíamos visto dos veces y me excitaba tu presencia, las dos veces me había alterado sintiendo algo que no podía definir. Era familiar y cachondo a la vez. Y había fantaseado contigo, me sorprendía lo fácil que era imaginarte muy cerca de mi. Por eso hoy cuando sin esperarlo te vi cruzando la calle cerca de tu casa, te saludé desde el coche, me detuve e intenté por todos los medios que me acompañaras. Y lo conseguí.

Milagrosamente no tenías nada que hacer. Yo no sabía muy bien donde iba pero tenía una dirección aproximada saliendo de la ciudad. Dijiste que más o menos conocías la zona y subiste al coche. Íbamos hablando de cosas sin sentido que hacen reír cuando no se sabe como llenar el silencio. Y de pronto nos callamos, estuvimos un rato así, yo concentrada conduciendo y pensando lo caliente que me ponía tenerte sentado a tan solo dos palmos. Súper caliente para ser exactos. Y tú viendo el camino en un mapa que llevaba en el coche y acababas de desplegar. No lo mirabas en el teléfono lo cual fue extrañamente acogedor. Es como cuando hoy en día alguien te llama en vez de enviarte un whatsapp. Te transportas al pasado y te sientes tan cómodo como te podías sentir con tu abuela mientras la tarde avanza y estás en calma disfrutando de su sola presencia. Ese es mi retorno favorito. En fin, pero ahora el tema que nos atañe es que me estaba excitando más de lo que podía controlar y no estaba segura de que a ti te pasara lo mismo. Lo cual era un poco complicado al menos para intentar guardar las formas.


Paramos y preguntamos por la casa que buscábamos y al parecer estaba ya cerca. Había un restaurante a la vuelta del camino y yo para variar moría de hambre. Estaba oscureciendo. Estacioné y entramos a cenar algo. Cuando entraba creí notar como me mirabas el culo y me mordí el labio. Me senté y fuiste al baño. La señora que atendía nos saludó efusivamente como si nos esperara. Y con un cariño que agradecí me fue recitando lo que tenía de comer. Estaba delante de mi en la mesa cuando volviste y contra todo pronóstico en vez de sentarte frente a mi, te sentaste a mi lado. Y así nos quedamos hablando los dos con la señora enfrente. Preguntaste por la comida y elegimos. Yo un poco alterada por tenerte más cerca aún que en el coche. Estábamos en un banco hecho de piedra en la pared y no había la distancia que hubiera sido lógica sentados en dos sillas separadas. Además estabas casi pegado. Seguí hablando con la señora intentando traer normalidad a la escena. En ese preciso momento fue cuando tu mano se posó en mi muslo. Estaba caliente y era grande y yo sentí como el corazón se me salía por la boca. Tenía que seguir hablando y te juro no sabía ya lo que estaba diciendo. Menos mal que la señora hablaba por las dos y me dejó un respiro en el cual yo sonreí como pude diciendo "ajá" todo el rato como imbécil.


Y tu mano se empezó a mover a la velocidad que crecen las plantas y yo sentía cada milímetro que rozabas reflejado en mi coño como espejo. Notaba como se incrementaba la humedad en mi entrepierna y los pezones duros como piedras doliendo por querer ser tocados se peleaban con la tela de la camiseta.


Fue ahí justo cuando mi memoria identificó esa sensación brutalmente erótica como algo que ya había vivido pero no conseguí ubicarla. ¿Dónde? ¿Cuando? Espera, ya, sí... Uf, tenía trece años, fue con mi primer novio. Esto era muy surrealista. De repente estaba sentada en el bordillo de la acera con él al lado agarrándome la cintura y nuestros amigos delante, unos sentados, otros de pie. Todos contando idioteces de trece años. Nunca lo había tenido tan cerca, llevábamos tres días juntos y ese estaba siendo con diferencia el momento de más intimidad entre nosotros, cuando su mano se coló por debajo del suéter amarillo sin que nadie se diera cuenta y subió tan despacio como era posible hasta encontrar mi pezón izquierdo por encima del body de gimnasia negro que llevaba puesto. Y creí morir. Puedo asegurar que fue la primera vez que me excité sexualmente y no sabía muy bien lo que era. Sentí el fuego del morbo antes que otra lengua en mi boca. Estuvo rozándome el pezón todo el rato que estuvimos hablando y yo no me podía mover. Lo único que recuerdo es que no sabía como me iba a levantar si las piernas me temblaban y que cuando llegué a mi casa tenía las mejillas coloradas. Y esa sensación de complicidad repentina, de secreto caliente, de puedes hacer conmigo lo que te dé la real gana aunque no te diga nada, la volvía a tener ahora, muchos años después pero exacta, copiada, igual de cachonda y de inesperada.


Para ese momento ya tus dedos intentaban apartar mis bragas y yo me sorprendí facilitando la tarea con un leve movimiento de mi culo en el banco. Te hubiera follado ahí mismo. Pero por lo pronto sólo me tocabas el clítoris que ya reventaba y con cada pasada de tu dedo estaba a punto de estallar. No podía mirarte, sólo escuchaba a lo lejos a la señora que nos servía la cena detrás de la barra sin dejar de reír y contarnos su vida. Y tú le contestabas, menos mal, porque a mi ya no me salían las palabras. Mi mundo giraba cuando lo hacía tu dedo que ahora había bajado un poco y se metía dentro de mi. No podía cerrar la boca y atiné a pensar que no iba a poder comer. Nos iban a servir la cena y como coño iba a yo a probar nada si lo único que quería comer era la polla que seguro rompía tu pantalón. Quería sacártela y agarrarla y agacharme y metérmela toda en la boca hasta ahogarme y cuando estuviera chorreando subirme en ella hasta corrernos. Pero por el momento no iba a poder ser. Ahora sólo me iba a venir yo. Cuando ya me mareaba el calentón, los ojos se me cerraban y hubiera dado un trocito de mi vida por poder gritar del gusto, mientras la señora nos daba la espalda un segundo, me susurraste al oído "imagina que la sientes abajo" y tu lengua me rozó la oreja. Y pues ya, no hubo más qué hacer, me corrí como pude, la tripa en un segundo se puso dura como piedra, me agarré a la mesa, me estremecí y cerré las piernas atrapando tu mano que hubiera pagado porque se quedara para siempre ahí sólo mía, sólo tocándome a mi y a mi hermoso coño. 

Respiré hondo, soltando el aire como si doliera y encontré no sé como, una excusa para reírme casi a carcajadas. Carcajadas de gusto infinito. Ya al fin pude mirarte mientras destensaba mis piernas y sacabas tu mano despacio, cuidando mucho que no notara el tremendo vacío que dejaba tras de sí. Y sonreíste a la vez que chupabas el dedo que segundos antes se bañaba en mi flujo. Y me tocaste la boca con él y pude olerme. Quise joderte toda la noche, cogerte hasta literalmente no poder más. Chuparte entero, cada trocito de piel, hacerte sentir exactamente lo mismo que yo había sentido. Follarte ahí en la mesa, en el suelo, en la pared, pegados como lapas. Que esta mujer pordiosbendito, se tuviera que ir de allí, urgente, y nos dejara solos y en vez de cenar nos cenáramos nosotros hasta reventar de gusto.



Pero en vez de eso la buena mujer nos dijo que se había acabado el gas y oh cielos, había que acercarla al pueblo por un tanque y tú te ofreciste a llevarla porque las piernas aún no me respondían y te lo hice saber con una mueca de súplica. Te di las llaves del coche y me agarraste la mano unos segundos. Te espero dije. No pude comer nada, me levanté y me hice bolita en un sillón que había en la entrada. Fue ahí cuando me di cuenta que me había faltado besarte y comencé desesperada a besarme la mano hasta que me dormí, creo que tardé dos minutos como mucho.


miércoles, 1 de junio de 2016

Relato 18º El sentido de tus entrañas

No puedo dejar de pensar en tu tanga. 
Asoma por tu pantalón y mi imaginación se vuelve loca.
Pensar en cómo lo aparto con cuidado para que mi dedo reconozca tu interior una vez más.
Para que mi dedo se moje y entonces necesites que te folle desesperadamente.

No puedo dejar de pensar en tu tanga.

Que espera paciente a que terminemos, a que te aferres a la pared como puedas mientras te penetro y acabo con mi vida dentro de ti.
Que observa tranquilo como te agarro las nalgas, como intento alcanzar tu cuello, tus maravillosas tetas.

No puedo dejar de pensar en tu tanga porque quiero comérmelo, ahogarme con él y que todo me sepa a ti.

Quisiera llevarlo como pañuelo al cuello para que todo me huela a ti. Si es posible dímelo. No tardes.

Me obsesiona tu tanga porque está junto a ti donde más te quiero, donde te siento mientras te beso, donde sé que eres mía. Donde es mi casa. Donde te deshaces en mi polla o en mi mano o en mi boca.

Donde te deseo como nadie te ha deseado nunca. Donde se puede terminar todo porque estando ahí ya da igual, ya hay un sentido. El sentido de tus entrañas.